LA PRIVACIDAD DE LA PERSONA NO EXISTE.

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Iniciando nuestra crónica en esta oportunidad retomamos los estudios publicados en diferentes medios de comunicación donde muestran que las sequias han hecho perder el 10 por ciento de la producción mundial de alimentos como los cereales en los últimos 70 años; la cifra no es despreciable si se tiene en cuenta que hoy 800 millones de seres humanos padecen de hambre y que se calcula que, al ritmo que crece la humanidad, se necesitaría aumentar la producción de comida en un 60 por ciento para el 2050, lo anterior no es verano somos nosotros, pues reportajes apuntaban como a las 10 de la mañana el cielo de Bogotá se puso naranja, no era atardecer, era el humo de los cerros orientales ardiendo, a esa misma hora, en Santander Tolima, en Cauca, y en Nariño, el monte también lloraba COLOMBIA ESTA ARDIENDO, y no es una metáfora.

Por: Jesús Alberto Aguilar Guerrero.

Nos hemos basado y recopilado opiniones que, según los expertos, aunque los datos personales parecen estar a salvo en el celular, en los computadores, entre otros, el riesgo se da cuando se copian automáticamente en la nube; generando un peligro porque quedan almacenados en otros servidores donde podrían convertirse en objetivo de los llamados “hackers” que, como se ha probado más de una vez, pueden romper la seguridad de estos servidores y divulgar fotos, correos electrónicos y todo tipo de datos en estos aparatos y más aún cuando en diferentes partes del mundo se debate la utilización de la IA, que transforma de manera rápida la existencia humana en el mundo, globalizando lo anterior podemos afirmar que los «hackers”, cámara, drones y hasta Google y Facebook acaban con la intimidad de las personas, invadiendo la privacidad.

Podemos decir que ya no tenemos intimidad, tenemos señal, antes, para saber si alguien te quería, tenías que mirarlo a los ojos, hoy para saber si te quiere, le miras a él en línea, el doble check azul se puede catalogar como la última vez, esto solo como para colocar un ejemplo como nos invadió la tecnología desplazándonos virtualmente; algunos afirman que nos vendieron la tecnología como libertad, y nos dieron una cárcel que cabe en el bolsillo.

De todo lo anterior podemos decir que lo más grave es que no solo las celebridades y los personajes públicos están en peligro de quedar expuestos “todos somos vulnerables”, porque según las reglas expuestas del juego cada cual debe aceptar que las interacciones sociales, financieras y comerciales por la red son susceptibles de que alguien las vea, ya sea un amigo, el jefe, el Estado, la prensa o una multinacional como Google o  Facebook, en cualquier lado y en cualquier momento; paradójicamente, la gente aficionada a estas aplicaciones siguen compartiendo cada minucia de su vida, desde su ubicación geográfica, para donde viajan, que se toman, donde están bailando, hasta el plato de que come, como si eso fuera inocuo; aun si estos datos se comparten en Facebook de manera privada.

“La foto o el mensaje está ya en muchos servidores y estas compañías pueden conservar la información hasta por tres años”. Bueno pero enfoquemos en lo que nos atañe lo más cercano es y lo podemos catalogar como “El ojo que no duerme”, que es tu celular que sabe más de ti que tu señora madre, sabe a qué horas te despiertas, porque tú mismo le das la alarma, sabe con quién hablas, cuanto duras hablando, que borras, sabe si estas triste, porque el algoritmo ve que a las 2 de la mañana estás viendo videos de desamor, sabe si estas embarazada antes que tu familia, porque buscaste “síntomas” y en este momento unos segundos antes te informa sobre lo sismos que se aproximan. No necesitando contarle nada, él ya te vio.

Vamos más allá, el anillo inteligente sabe si hiciste el amor, el reloj sabe si tu corazón se aceleró porque viste a alguien; Alexa te escucho pelear con tu pareja, la cámara del portátil te vio llorar (antes la intimidad era un cuarto cerrado, hoy el cuarto está lleno de ojos que no parpadean).

En el momento en que yo hago publico algo en Facebook, lo perdí y no puedo hacer nada porque al ingresar a esa red social acepte esas condiciones, mejor dicho nos desnudamos solos, lo más triste no es que no espíen, es que nosotros pagamos para que nos espíen; le contamos a Instagram a donde fuimos a comer, le contamos a Tik Tok qué nos duele, le contamos a Facebook que terminamos, le ponemos  ubicación a nuestros hijos, subimos foto de la casa nueva, con dirección, del niño en el colegio con el uniforme, luego nos quejamos de que nos extorsionan, de que nos roban, de que todo el mundo opina de nuestra vida. No nos robaron la privacidad, la regalamos a cambio de 20 likes.

Bien decía un anciano sabedor en mi pueblo natal “antes uno era pobre, pero nadie lo sabía, ahora uno es pobre y todo el mundo lo ve en Facebook” y tiene la razón, la pobreza más dura es la que se transmite en vivo.

Para terminar nuestra crónica de opinión, en síntesis, la intimidad se muere y ¿sabes que se está muriendo sin que nos demos cuenta? La conversación que no se graba, antes dos amigos podrían hablar mal del alcalde en la tienda y ahí quedaba, hoy si lo haces por WhatsApp, queda guardado para siempre y puede ser pantallazo mañana en el juzgado; antes una pareja peleaba y se reconciliaba, hoy la pelea queda en audios, en chats, en historias y no se olvida, porque el celular no olvida, pues hemos perdido el derecho a contradecirnos, a decir bobadas, a arrepentirnos, todo queda, todo es prueba. Concluyamos, nos dijeron que la tecnología nos iba a conectar; y si, nos conectó, pero no nos desconectó de lo único que nos hacía humanos, el derecho a estar solos, a estar en silencio, a que nadie sepa dónde estamos, con quien estamos, que pensamos. Antes teníamos paredes, ahora tenemos contraseñas, pero ninguna nos protege. Este nuevo panorama requiere que comprendamos mejor las tecnologías.

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