¿Y si en realidad ser inteligentes no consistiera en saber mucho, sino en ser conscientes de todo aquello que no sabemos? La paradoja socrática sigue sobre la mesa, y Dostoievski hace de contrapeso para darle la razón.
La verdadera inteligencia no consiste en tener todas las respuestas, sino en conservar la capacidad de seguir haciéndonos preguntas.
El hombre más sabio del mundo. Así fue como se calificó a sí mismo Sócrates ante el jurado que habría de condenarle a muerte. Podía reconocer su falta (la de incitar a los jóvenes atenienses a pensar por sí mismos) y pedir piedad, cambiar la muerte por el destierro. Pero Sócrates no lo hizo. Aseguró, según recoge Platón en su Apología, que el Oráculo de Delfos le había dicho que, de todos los hombres del mundo, él era el más sabio. Y lo era porque sabía que no sabía nada.
La frase ha sido repetida mil veces desde entonces, pero no muchos entienden lo que realmente significa. “Solo sé que no sé nada” no es un canto a la idiotez, es una frase cargada de sabiduría. Dostoievski lo entendió, y por eso en su libro Los demonios escribe: “El más inteligente de todos, en mi opinión, es el hombre que se hace llamar tonto al menos una vez al mes”.
MUJER MIRANDO EL HORIZONTE
Cuanto más aprendemos sobre el mundo, más conscientes nos volvemos de todo lo que todavía nos queda por descubrir.
LA INTELIGENCIA
La primera tarea en este artículo debe ser definir qué es la inteligencia, porque es una de esas palabras algo manidas, que de tanto toqueteo acaban perdiendo su forma original. Y quién mejor para definirla que José Antonio Marina, uno de los filósofos que más se ha dedicado a su estudio.
El proverbio chino sobre el secreto de la felicidad: «La lengua resiste porque es blanda; los dientes se quiebran porque son duros»
Solo podemos ser realmente felices cuando somos capaces de adaptarnos a las circunstancias. La flexibilidad, lejos de ser una debilidad, es la mayor de las fortalezas, como asegura este célebre proverbio chino.
CUERPOMENTE
En Aprendemos juntos el filósofo define: “Para mí, la inteligencia es la capacidad de dirigir bien el comportamiento para salir bien parado de la situación en que estés o para mejorarla”. La inteligencia es, en esencia, saber pensar y tener las ganas o el valor para hacerlo. Consiste en orientar nuestra actividad mental para ajustarnos a la realidad y superarla.
Y bajo esta definición, las palabras de Dostoievski cobran sentido. Porque quien cree saberlo todo, quien jamás se cuestiona o se reconoce ignorante, dispone de menos recursos para aplicar la inteligencia como la define Marina.
Los investigadores Dunning y Kruger lo descubrieron viendo las noticias. Un hombre había entrado a un banco a robar con la cara completamente descubierta. La policía no tardó demasiado en dar con él y detenerlo. Al enseñarle las imágenes del atraco, el ladrón se sorprendió: creía que el zumo de limón que se había echado en la cara antes de entrar al banco lo hacía invisible a las cámaras.
Después de escuchar este caso, los investigadores se hicieron una pregunta: ¿cómo ese hombre podía creer con tanta seguridad en su teoría sobre el zumo de limón? Y entonces, hicieron su experimento. Pidieron a un grupo de personas que se evaluaran con respecto a diferentes materias, y luego les hicieron un examen sobre las mismas.
Descubrieron así una proeza del cerebro humano: cuanto más alto se evaluaban previamente los participantes, peores resultados obtenían en el examen. Es decir, el ignorante tiende a sobrestimar lo que sabe, y quien sabe subestima sus conocimientos.
En realidad, lo que Dunning y Kruger descubrieron puede explicarse con un célebre experimento filosófico: la caverna de Platón. Los hombres que miraban las sombras pensaban que eso era todo cuanto existía. Si les hubiéramos preguntado cuánto sabían del mundo, habrían asegurado que mucho, ya que llevaban toda su vida viendo aquellas sombras. Solo el hombre que se había liberado y había visto el mundo exterior podría decir con absoluta rotundidad que no conocía nada del mundo. Cuanto más sabemos, más conscientes somos de lo poco que sabemos.
No se trata, por tanto, de insultarse, ni de subestimar nuestros conocimientos, sino de ser conscientes de todo aquello que no sabemos. Porque solo así podremos evitar acabar en una situación tan embarazosa como la del protagonista del efecto Dunning-Kruger.
Hay algo aún más interesante en esta idea de “llamarse tonto una vez al mes”, y es la actitud cartesiana de dudar de todo. Es decir, acostumbrarnos a dudar de todo, incluso de lo que creemos que sabemos.
Y es que dudar es, quizá, la única actitud que puede salvarnos de la ignorancia. Sabemos que nuestro cerebro está plagado de sesgos, como el Dunning-Kruger, que nos llevan a tomar pésimas decisiones, a sobrestimar lo que sabemos, a fijarnos solo en lo que confirma nuestras ideas previas. Por eso la duda es tan importante.
“Pienso, luego existo”, dijo Descartes. Esa fue la primera y fundamental idea de la que podía partir, lo único que podía confirmar por sí mismo. Sobre el resto, decía el pensador, conviene dudar.
Vivir con una actitud socrática es aceptar que la búsqueda de la verdad nunca termina y que siempre hay algo nuevo que aprender.
Es inevitable volver al gran maestro de la filosofía clásica: Sócrates. La suya fue una vida de duda constante. Su método mayéutico consistía en dar a la luz la verdad. Sacarla de las entrañas con un sencillo sistema: preguntar con deseos de escuchar la respuesta, responder con deseos de ser preguntado.
Para su método necesitamos algo más: alguien que, como nosotros, desee dudar de todo, desee encontrar la verdad que se esconde tras las cosas. Solo así podremos desterrar la oscuridad y encontrar la luz de la verdad. Aunque para eso, primero, debemos reconocer, al menos una vez al mes, que no sabemos nada. Que nos queda, siempre, mucho por saber.





