Como ciudadano consciente, como líder social y como ser humano comprometido con la construcción de una sociedad más justa, no puedo ocultar el profundo desasosiego que hoy embarga mi espíritu.
He sido testigo de un hecho que, más allá de lo coyuntural, revela con crudeza una realidad estructural de nuestra política: la aparente facilidad con la que posiciones ideológicas que históricamente han sido opuestas terminan confluyendo en alianzas que resultan difíciles de comprender desde la lógica de la coherencia y la convicción.
Este acontecimiento no lo interpreto simplemente como un movimiento estratégico. Lo asumo como una manifestación clara de la idiosincrasia de una dirigencia política que, en muchos casos, ha dejado de ser guiada por principios para ser conducida por la conveniencia.
DEL IDEAL A LA REALIDAD
Quienes hemos creído en la política como un ejercicio ético, como una herramienta para transformar la sociedad y dignificar la vida humana, nos encontramos hoy frente a una disyuntiva profunda: aceptar que la política real opera bajo lógicas distintas a las del ideal que defendemos, o persistir en la construcción de un camino diferente.
La realidad nos muestra que: Las alianzas no siempre responden a afinidades ideológicas, los discursos pueden ser flexibles según las circunstancias, la coherencia, muchas veces, cede ante la necesidad de mantenerse vigente en el escenario político.
Esto no solo genera confusión, sino que erosiona la confianza ciudadana y debilita el tejido social.
LA CRISIS DE COHERENCIA
Lo que hoy observo no es un hecho aislado, sino el reflejo de una crisis más profunda: la pérdida de identidad política. Cuando los líderes dejan de representar ideas claras y se convierten en actores de conveniencia, el mensaje que recibe la sociedad es peligroso: todo es negociable, incluso los principios. Y es ahí donde nace mi desasosiego. No por el hecho en sí, sino por lo que simboliza:
La fragilidad de las convicciones, la instrumentalización de la política, la distancia creciente entre el discurso y la acción.
UNA REFLEXIÓN NECESARIA
Este momento me obliga a volver a lo esencial. A recordar que la verdadera transformación no puede depender exclusivamente de estructuras políticas que han demostrado su capacidad de adaptarse, pero no necesariamente de transformarse.
Me lleva a reafirmar una convicción profunda:
El cambio real comienza en el individuo. En la coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. En la capacidad de sostener principios incluso cuando el entorno invita a renunciar a ellos.
CONCLUSIÓN: ENTRE LA DESILUSIÓN Y LA CONCIENCIA
Mi desasosiego no es un punto final. Es un punto de partida. Es la evidencia de que aún existe en mí —y en muchos— una conciencia que no se resigna, que cuestiona, que busca entender y que se niega a normalizar lo que considera incoherente. No renuncio a la política. Renuncio a la forma en que muchas veces se ejerce.
Y desde esa renuncia consciente, reafirmo mi compromiso con una visión distinta: una política que nazca del ser, que respete la palabra y que entienda que el verdadero poder no está en las alianzas momentáneas, sino en la coherencia sostenida en el tiempo.





