ANECDOTAS DE LA RADIO Y LA TELEVISIÓN COLOMBIANA

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Cuando lo leí me pareció ingenioso, pero luego me preocupé por la imagen de nuestra anfitriona. Pueblo chico, infierno grande, pensé. Pero, efectivamente, sí hubo alguna atracción mutua. Por eso, Alberto quería pasar más tiempo en Natagaima. ¿Qué pasó entre ellos? Reserva del sumario.

Por: Armando Plata Camacho

 MEDIO SIGLO DESPUES – 1976 – 2026. CAPAX CON CHURRIAS? 

A la media mañana del día siguiente, Germán Hernández me despertó. Traía consigo un ejemplar del periódico El Colombiano de Medellín.

¿Viste la noticia?

Aun no.

El titular medianamente destacado, decía: “alcaldesa se enamora de Capax. Con un beso

apasionado, le dice que es su héroe”.

Cuando lo leí me pareció ingenioso, pero luego me preocupé por la imagen de nuestra anfitriona. Pueblo chico, infierno grande, pensé. Pero, efectivamente, sí hubo alguna atracción mutua. Por eso, Alberto quería pasar más tiempo en Natagaima. ¿Qué pasó entre ellos? Reserva del sumario.

Tuvimos un día delicioso. La población se alborotó cuando se confirmó nuestra presencia. Alrededor del hospital se formaron varias filas de personas que querían autógrafos o tomarse fotos con el nadador. Pero esta vez, logramos que se mantuviera alejado de la gente hasta las tres de la tarde, hora en que comenzó nuestro desfile por la ciudad.

Fue una fiesta única, como nunca en Natagaima. Capax iba en un camión de estacas sin carpa, con su culebra y su cuchillo en la boca. A su lado, éramos treinta personas, incluida su admiradora, la banda del municipio y los invitados especiales. Capax disfrutaba el papel de ídolo. Su sonrisa era una descarga de electricidad para las mujeres, los hombres lo veían como “todo un varón” y los niños como Supermán.

Salió mucha más gente que en el puerto de Aipe. A nuestro paso, una estela de polvo rojizo se levantó por los aires calientes de la ciudad. Terminamos en el atrio de la iglesia, donde hicieron un acto folclórico en nuestro honor. Capax asistió solo unos minutos, luego nuestros muchachos lo escondieron con el apoyo de la policía local.

—Mañana te voy a acompañar hasta Purificación —le dijo la alcaldesa.

Ese fue el titular de prensa al otro día: “Alcaldesa se va detrás de Capax”.

La Operación Rescate de río Magdalena tenía ahora un componente sentimentaloide que capturaba la atención de la gran masa colombiana. Desde ese momento, la prensa se mostró ávida de recibir todas nuestras noticias. Aún más, varios tabloides le confirmaron a Jairo Sandoval que la historia les estaba aumentando la circulación. El periódico El Espacio re-editó una entrevista que el periodista Wilson Rey y él reportero gráfico Luis Enrique Rincón le habían hecho a Alberto Rojas Lesmes en Leticia, siete meses atrás. ¡Nosotros lo descubrimos! ¡Nosotros lo bautizamos El Tarzán del Amazonas!, titularon con orgullo.

La etapa entre las poblaciones de Natagaima y Purificación fue un tramo bravo. El sol, una vez más, hizo de las suyas. El paso por el Cañón de Golondrinas fue tan peligroso que hasta el nadador prefirió ir en lancha para no desafiar a la madre naturaleza. En ese punto, el río se represa y forma olas de hasta dos metros de altura. El espectáculo es absolutamente bello, pero la fuerza incontenible de la corriente y el sonido del agua contra las rocas, Intimidan.

Para aligerar el peso de la nave, nos bajamos cinco personas e hicimos el trayecto a pie, bordeando el río. Por el camino nos encontramos con dos niños delgados y desnutridos.

Hablamos con ellos y descubrimos con horror que vivían con sus padres en una cueva. Su cocina era tres piedras, una vieja olla de aluminio y un lazo amarrado a una vara. De ahí colgaban un pedazo de hueso de vaca, el que presumiblemente le daba “sustancia” a la sopa. Ese fue el primer caso de miseria extrema, de muchos de los que fuimos testigos, a lo largo de nuestra intrépida travesía. Es impresionante la cantidad de familias que viven en

la pobreza absoluta a orillas del río Magdalena, mucho más de lo que se puede imaginar. Hay áreas en las que el atraso, el abandono y la desidia oficial, son absurdos. Afectados por lo que vimos, regresamos a la barca.

—Estoy friquiado —dijo Henry XV—. Hijueputas gobernantes los que tenemos.

—Pilas güevón que la alcaldesa lo puede oír —le interrumpió Álvaro Enciso.

—Me importa un culo, estoy emputado. Malparidos —gritó.

—Tienes razón hermano —le dije y lo abracé—. Sé cómo te sientes porque yo también voy frustrado. Lo poquito que estamos haciendo para llamar la atención, hagámoslo bien, no la vayamos a embarrar.

Henry XV era un hombre noble, un niño grande y un artista muy sensible. Tenía una voz de tenor privilegiada y cantaba música lírica con una técnica impecable. Se hizo famoso como cantante de la orquesta Los Ocho de Colombia, pero su sueño era hacer una carrera como solista. Al comienzo de la travesía la piel de Henry era tan blanca como la leche, pero ahora, la tenía roja de la ira y achicharrada por el sol.

Un kilómetro antes de llegar a Purificación, numerosos niños se lanzaron al agua para nadar junto a su ídolo, usando neumáticos como salvavidas. El momento fue inolvidable: el sol brillaba en el agua, iluminaba las espaldas de Capax, e Iván González, el hombre de la canoa, y las docenas de neumáticos de caucho negro, de los que sobresalían las diminutas cabezas de los inquietos muchachos.

Capax recordó en ese momento parte de su infancia. No conoció a su padre, porque el hombre abandonó el hogar cuando su madre, doña Dioselina Rojas Serrano, aún estaba embarazada. Tuvo una niñez llena de conflictos, necesidades y penurias económicas.

Solo pudo estudiar algunos años de primaria. A temprana edad, no tuvo más alternativa que salir a buscar trabajos menores para ganarse la vida y ayudar a su familia.

Siempre sintió una especial atracción por la magia del agua. Aprendió a nadar a los cinco años. A los diez, ya desafiaba el turbulento río Putumayo. Cuando cumplió quince, se vino para Leticia atraído por la leyenda del río Amazonas. Sin embargo, sus recuerdos de esa ciudad no son los más agradables: la gente le echó piedra por deambular por las calles, descalzo, en pantaloneta de baño y con cuchillo al cinto. Trabajó como obrero raso. Sus amigos lo tildaron de loco cuando les comentó que tenía un sueño: atravesar Colombia de sur a norte por el río Magdalena.

Llegamos al puerto de Purificación a las cuatro de la tarde, cuando había pasado la hora del bochorno. En esta región después del mediodía el calor es tan insoportable que los pobladores se resguardan bajo techo y toman una larga siesta. Este pequeño puerto fluvial está ubicado al suroriente del departamento del Tolima, en la margen izquierda del río Magdalena. Estas tierras eran dominio del cacique Yaporox cuando fueron descubiertas por don Sebastián de Belalcázar, en 1538.

Nos recibieron de manera muy festiva con saludos en pancartas, pólvora y dos bandas musicales: la del pueblo y la del municipio de El Guamo. Vinieron delegaciones de pueblos vecinos como Saldaña, Chaparral y Ortega. La multitud era inmensa, quizá el doble de las anteriores.

Capax salió caminando entre el agua, con un bastón de madera que alguien le dio para espantar rayas —son unos peces selacios que emiten una sustancia tóxica que quema el cuerpo humano—. Cuando llegó a la orilla, cayó de rodillas. Como si fuera el Papa, besó el suelo y recolectó una manotada de tierra. La puso en una bolsa que sostenía Efraín Alberto González. Luego besó a dos niñas vestidas con traje blanco largo, y guirnaldas de flores en su cabeza. Las doncellas sostenían una bandeja con una toalla playera y una taza de caldo caliente.

La fuerza pública escasamente dio abasto para contener a la multitud. Capax se tomó la mitad del caldo, se metió en una ambulancia y salió con rumbo desconocido. Entre la gente circuló el rumor de que el deportista había llegado deshidratado y con cólicos, a lo que varias damas sugirieron que le dieran Coca cola o un té de malva.

Cuando los pobladores ya estaban furiosos y desilusionados por no haber visto de cerca a su ídolo, el cura párroco de Purificación anunció, por los altoparlantes de la iglesia, la presencia del atleta en el parque central. La gente corrió y llenó el sitio como nunca antes había sucedido en toda la historia de este pueblo. Capax llegó a la plaza mayor en una máquina de bomberos. Con la mano izquierda sostenía la cabeza de su serpiente y con la derecha saludó a sus miles de admiradores. Un grupo de adolescentes desafió el peligro y se colinchó alrededor del vehículo o se sentaron sobre el capó. El conductor del automotor se vio en aprietos para avanzar sin atropellar a la multitud.

En Purificación no hubo discursos, ni bailes, ni condecoraciones. Las autoridades locales hicieron un agasajo sencillo en la sede de la alcaldía donde declararon a Capax Hijo Adoptivo de la ciudad.

Durante el homenaje lo vi demacrado y bajo de ánimo.

—¿Te pasa algo?

—Don Armando, ¡tengo churrias!

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