En Colombia no hace falta declarar la guerra: basta con enfermarse.
Por: Marco Antonio Valencia Calle
Aquí las balas vienen impresas en formularios, los verdugos usan corbata y la condena llega con sello húmedo que dice: “su solicitud fue rechazada”.
Los grandes señores de la política de la derecha y ultraderecha, jamás necesitaron ensuciarse las manos; para eso inventaron las EPS, esa elegante máquina donde el dolor humano se convierte en balances financieros y donde cada cama vacía representa una utilidad bien administrada. Mientras el pueblo contaba monedas para una pasta o una radiografía, arriba contaban millones con la serenidad de quien jamás ha tenido que dormir afuera de una urgencia.
Y qué curioso resulta escuchar después discursos sobre patria, institucionalidad y moral pública pronunciados por quienes hicieron de la salud un casino.
Porque en este país los mismos que incendian el bosque aparecen luego vestidos de bomberos, dando entrevistas sobre la importancia de proteger los árboles.
Las víctimas nunca tuvieron micrófono.
Murieron despacio, que es la forma más rentable de morir en Colombia.
Murieron esperando autorizaciones que viajaban más lento que la corrupción.
Murieron aprendiendo que un trámite puede ser más letal que una enfermedad.
Pero los poderosos sí tuvieron tiempo de sobra: tiempo para contratos, para banquetes, para heredar apellidos ilustres y construir fortunas con dinero destinado a mantener corazones latiendo. La salud pública terminó convertida en una piñata administrada por tecnócratas del saqueo que hablaban de eficiencia mientras el pueblo rifaba electrodomésticos para pagar quimioterapias.
Y aun así, el espectáculo continúa.
Los responsables siguen dando cátedra de ética en televisión.
Los saqueadores siguen firmando columnas de opinión.
Los arquitectos del desastre caminan escoltados mientras las víctimas cargan carpetas médicas como si fueran certificados de mendicidad.
Porque Colombia perfeccionó un milagro macabro: logró que la gente se acostumbrara a sufrir sin hacer ruido. Aquí el ciudadano ideal no exige; aguanta. No protesta; espera. No vive; sobrevive.
Y mientras tanto, en algún salón alfombrado, todavía habrá quien pregunte con genuina sorpresa por qué la gente perdió la fe en las instituciones.
Como si la confianza pudiera crecer en hospitales sin medicamentos.
Como si la dignidad sobreviviera a veinte horas en una sala de espera.
Como si un país pudiera llamarse decente mientras convierte la enfermedad en negocio.
La historia, sin embargo, tiene un defecto maravilloso: tarde o temprano termina cobrando.
No siempre en tribunales.
No siempre en elecciones.
Pero cobra.
Porque llega un día en que el dinero ya no compra tiempo, los escoltas no espantan el miedo y el apellido deja de abrir puertas. Y entonces todos descubren la verdad que el pueblo conocía desde el principio: que ningún poder humano puede negociar eternamente con el dolor ajeno sin pudrirse por dentro.
Y quizás ahí empiece la verdadera justicia.
No la de los códigos.
No la de los discursos.
Sino la que nace cuando un país deja de arrodillarse ante quienes hicieron fortuna administrando la desgracia de los demás.
¡Que viva el pueblo colombiano! ¡Que viva la justicia social! ¡Y que la fuerza de nuestros ideales se convierta en el motor del cambio verdadero!





